escribir por escribir

ESCRIBIR POR ESCRIBIR

La cruz

Llevaba horas exhausto, hoy realmente estaba agotado. Normalmente no notaba tanto el peso, pero me costaba más que de costumbre. Debe ser algo psicológico, porque, joder, cómo pesa la mierda esta hoy. El sol era implacable y el cielo completamente azul, ni rastro de ninguna nube. Como si jamás hubiesen existido. Entonces, un banco de piedra, de una sola plaza. Suficiente para descansar y tomar un trago de agua. Apoyé la cruz de madera de roble macizo en el borde del banco. Me senté, de la mochila saqué mi cantimplora y me di un merecido trago de agua. Llevaba horas andando por aquel desierto de arena, piedras y montañas calizas. Saqué mi pañuelo, me quité el sombrero y me sequé el sudor.

Justo delante de mí, una tienda. ¿Qué coño es eso? ¿Y cómo no lo había visto? Supongo que iba ensimismado en mis pensamientos y no me percaté. Con un enorme letrero: CAMBIAMOS SU CRUZ GRATIS. No podía entender lo que estaba viendo. Me apresuré, guardé mi pañuelo y enrosqué el tapón de la cantimplora. Me puse en pie, agarré mi cruz y me fui directo a husmear. ¿Qué era eso de “cambiamos su cruz gratis”? Mientras me acercaba, me di cuenta de que ahora ya no pesaba tanto mi cruz. Es decir, pesaba como siempre, pero mi curiosidad ganaba a mi cansancio, y mi mente ya solo pensaba en investigar sobre aquella misteriosa tienda. Justo me acababa de sentar, pero aquella tienda… ¿Qué hace aquí en medio de la nada?

Era una construcción de madera como las de antes. Tenía pinta de haber sido un viejo hotel, o un restaurante, o qué sé yo, qué me importa. Entré y apoyé mi cruz donde pude. Justo a la izquierda, un señor mayor detrás de un riguroso mostrador de madera, con un delantal de sastre, unas gafas muy finas con unos finos lentes y barba de 3 días. El poco pelo que poblaba aquella diminuta cabeza lo peinaba hacia atrás. Parecía que estaba sucio aquel hombre, pero no lo estaba, pero lo parecía. Qué mal parecer estar sucio, pensé. Qué putada ser una persona aseada pero que tu apariencia parezca mugrienta.

- ¿Qué desea? Supongo que lo que todos desean. Pase y siéntase libre de elegir la que más le guste, tenemos más de 12.000 cruces.

Esto lo dijo aquel hombre levantando la vista por encima de las gafas sin dejar de limpiar no sé qué con un trapo que en su día fue blanco.

Sin decir ni media, tragué saliva y giré la cabeza como pidiendo permiso; el anciano asintió, concediéndomelo. Mi mirada se dirigió hacia el fondo de aquella tienda repleta de cruces. Lentamente fui adentrándome por el pasillo principal. ¿Cómo era posible? Era enorme aquella tienda, ¡qué tamaño más colosal! No parecía tan grande desde afuera. ¿Cómo era posible?, de nuevo me pregunté. Absorto, despacio, con sigilo y delicadeza, me adentré en aquella tienda con una mezcla de encanto, parsimonia y admiración.

- ¿Por la que quiera puedo cambiarla? —dije alzando la voz para que me pudiera oír el tendero.

- La que más le guste.

- ¿Seguro?

- La que más le guste, caballero, la que más le guste.

- La que quiera ha dicho, ¿verdad?

- La que quiera. La única condición es dejar la que traía consigo.

Cruces de roble macizo como la que yo usaba, de nogal, de abeto, de cerezo, cruces recién talladas, cruces viejas, viejísimas, cruces con los cantos rectos, cruces con los brazos redondos, biselados, con solo un brazo, cruces medio rotas, cruces pintadas, talladas, algunas barnizadas, con piedras incrustadas, cruces de más de 200 años. Todas ellas de madera. Todas las cruces que pudiera imaginar. Pensé en la de viajeros que habían pasado antes que yo por aquella tienda y la de trueques que se habrían producido. El lugar era casi mágico, tenía un aura mística que te hacía sentir insignificante.

Empecé a tomar las cruces para probar cómo sería arrastrar mi nueva cruz. Esta parece que sí, pesa mucho menos, pero no me queda bien aquí en el hombro, no me encaja. Esta otra a ver. No, tampoco. Esta me gusta, pero no va con mi estilo. La estética también importa. Esta en absoluto, esta es una mierda. Esta también me gusta, parece de señor interesante, podría ser yo. Esta no me gusta, es como muy infantil. Probé decenas de ellas.

Pasaron dos horas como si hubiesen pasado 20 minutos. Estaba incluso un poco mareado. Si ya tardo en elegir una película de Netflix, esto era como multiplicado por diez. Perdí la noción del tiempo. Con tanta cruz, no sabía qué elegir. Y entonces la vi. ¡Cómo no la había visto antes! Estaba delante del mostrador, por eso no la había visto. La probé y me resultó cómoda. No era ni muy pesada ni muy liviana, pero el tamaño me quedaba perfecto para mi estatura. Y además era mi estilo, muy con mi manera de ser y mi personalidad. Es esta, ¡y no la había visto!, me repetía una y otra vez.

De entre tanta cruz, esa me pareció la mejor. Fue amor a primera vista. Estaba recontento con mi elección. Seguro de haber acertado.

- Puede irse, caballero.

- ¿Sin más?

- Tenga cuidado, pronto anochecerá y aún le quedan unos cuantos kilómetros hasta el pueblo más cercano.

- ¿Entonces me la llevo? No sé dónde he dejado la mía para cambiarla, como usted me dijo. La debo haber dejado por aquí… ese era el trato, ¿cierto?

- La que ha elegido es la que usted trajo, caballero.

- FIN -

Recuerdo a la persona que me contó esta fábula. Recuerdo lo que me quiso decir en aquel momento y el bien que me hizo. A veces solo necesitamos que otro ser humano nos comprenda.

* * *

(970 palabras)