escribir por escribir

ESCRIBIR POR ESCRIBIR

76 años

Aurelio tiene 76 años. Natural de Córdoba. Enjuto, pero recio. Aún conserva su cabello canoso, peinado con raya hacia la derecha. En su cara se marcan los surcos de los años. Es un hombre atractivo para su edad, luce elegante. Como un actor de Hollywood de la vieja escuela. Parco en palabras. Paciente, que no lo era. Ahora lo es. La edad le enseñó eso, entre otras tantas cosas. Es mi nuevo amigo.

Hablamos de la vida mientras me tomo mi café cortado con leche; él prefiere cortar el suyo con un poco de güisqui.

Aurelio está enamorado de Josefina, una sudamericana, 4 años más joven, que no le da bola. Él lo intenta, pero ella no está por la labor. Es lo segundo que más me sorprende de todo lo que me cuenta Aurelio. Más incluso que se haya inventado una nueva familia. Pues esa señora de la que está enamorado Aurelio, la que no le hace caso, comparte ocasionalmente algunos fines de semana con él, sobre todo en primavera y verano, en su segunda residencia, donde nos encontramos tomando el café, rodeados de árboles frutales. También viene su no hija con su no nieta y también otra chica que ha adoptado, su otra no hija favorita. Su nueva familia es su no mujer, sus dos no hijas y su no nieta, a pesar de tener una exmujer y un hijo con los que no se habla. Esa familia inventada, que se ha juntado azarosamente, como se juntan las hojas secas en una esquina de un callejón arremolinadas por el viento que no encuentra salida, es lo que le ancla a esta vida y por lo que sería capaz de darla.

Este ejemplo de nuevas familias, de familias modernas, es lo tercero que más me llama la atención.

Lo segundo que más me sorprende, como decía, es que está enamorado. ¿En serio? ¿No se va a acabar nunca? Con 76 años, aún estamos con el tira y afloja, con el juego de dominación, con el yo te doy y tú me das, pero yo quiero esto y tú esto otro, con el de me va a llamar, con lo de le escribo o no, con lo del apego. Con ese sufrimiento. Es como una suerte de broma macabra del Arquitecto de Matrix. Así toda la vida. No te vas a zafar jamás de los jamases de esta locura que es el amor. Ese tipo de amor.

Me cuenta que ella no quiere comprometerse, que un rato estar juntos sí, pero que no está en su momento vital, que no es lo adecuado justo ahora, que no va a dar más.

¡Que no está en su momento vital de vida, dice!, grito en el interior de mi cabeza. Me quedo perplejo porque no está en su momento vital, fascinado porque se desean carnalmente, patidifuso porque siguen los jueguecitos, atónito porque se putean a veces y horrorizado porque es idéntico a lo que me cuenta mi amiga Mónica. Tiene 31 años y quiere algo con Yoel, pero no acaban de darlo todo porque se protegen y tienen miedo. Tengo miedo al amor, me confiesa Mónica.

Sigo embelesado escuchando a Aurelio. Cuando me cuenta ese tipo de cosas, yo pongo todos esos ingredientes de asombro en una batidora y me lo bebo con gusto y a la vez me cuesta tragarlo. Está bueno, pero la textura no acompaña.

Eso es lo que me cuenta Aurelio. ¿Qué esperabas? ¿Que me enseñara los grandes secretos de la humanidad? ¿A saber envejecer, a separar la paja del trigo, a saber distinguir entre el cebo y el anzuelo? Qué va, más de lo mismo.

Y eso era lo segundo que más me sorprende, porque lo que más me sorprende es que Aurelio espera la muerte. Como yo espero la cuota del alquiler. Tal cual.

Me cuenta que, cuando entra a recolectar los huevos que cada mañana religiosamente ponen sus gallinas ponedoras, cierra la puerta del gallinero detrás de él justo al entrar. Algo que no hacía antaño. Porque piensa que puede caer redondo en aquel mismo instante. Y claro, si eso pasara, sus gallinas podrían escapar. Y una cosa es morirse y otra que el gallinero se revolucione. Que sus gallinas se escapen. Eso no se negocia. Caerse muerto lo tiene asumido.

Ala, ahora toca digerir. Y bajas la mirada y meneas el cortado, luego la levantas y le miras a los ojos.

—¿En serio, Aurelio?

—Sí, claro, por si acaso. No querrás que encuentren una gallina asesinada por Piscino —su mastín—.

Los que tienen veinte y pico se creen inmortales directamente; los de treinta y tantos están pensando en viajar, en cambiar de trabajo, en encontrar uno donde realizarse y otra vez en viajar. Los que tenemos entrados los cuarenta ya empezamos a intuir el final, vislumbramos la luz del fondo del túnel, caemos en la cuenta de que se va a acabar, nos damos cuenta de que estamos en la mitad, con suerte. Eso es una cosa, pero que tengas la muerte tan presente. Eso ha sido una hostia de realidad, disculpa mi ingenuidad, porque no me lo esperaba.

Es por eso, me cuenta Aurelio, que huye del conflicto, no le interesa. Es por eso que, a pesar de evitar el conflicto, dice lo que piensa y ya no le importa tanto lo que piense la gente, para no decir que le importa una mierda la gente que no es de su círculo más cercano. Es por eso por lo que ha aprendido a ser paciente, a tomárselo todo con calma y disfrutar de su café cortado con güisqui. Porque cada cosa que hace puede ser la última que haga. Cuando lo veo, siempre le pregunto cómo está, y él siempre responde: estando, estoy bien, que no es poco.

Me voy antes de que llegue su nueva familia, a la que no conozco ni ganas tengo de conocerla. Yo también soy raro, ¿qué pensabas?

* * *

(992 palabras)