El secreto de la felicidad
Puedes creer que no existe. Ni el secreto ni la felicidad. Puedes creer que es un negocio el que hay montado alrededor de la felicidad, o que es una palabra que nadie sabe qué significa exactamente, y que ni siquiera se puede definir con precisión, pero no es así... Déjame que te cuente.
Después de mucho investigar y recabar información, te traigo el deseado secreto de la felicidad. Y es bastante sencillo: solo tienes que seguir estos pasos que diferentes gurús de la felicidad, youtubers, psicólogas de éxito que se pasean por Instagram, psicólogos de éxito que solo hacen que sacar libros dándole vueltas a la misma idea, neurocientíficos de gran renombre y cualquier estúpido que tenga un blog (como yo, yo el primero, para que nadie se ofenda) nos dictan e inundan las redes con sus consejos. Al alcance de tu mano, solo tienes que ponerlo en práctica. Pasar a la acción. Y ahí ya tienes el primer consejo de todos: pasa a la acción.
Tienes que lograr que tu día se parezca más o menos a esto.
Solo tienes que levantarte dos o tres horas antes de que empiece tu turno de trabajo para, de esa manera, tener tiempo para ti. Tener tiempo para ti es vital para ser feliz. Supongamos que entras a trabajar a las 07:00, pues te levantas a las 05:00.
Nada más levantarte te calzas las zapatillas de correr y 5 kilómetros que te cascas de buena mañana. Y a ser posible lo haces en camiseta corta. Te vas a joder de frío porque es invierno y hace 5 grados con una humedad relativa del 80%, pero matas dos pájaros de un tiro, porque sales de tu zona de confort y fortaleces tu sistema inmunológico. Cuando terminas, stretching, yoga y pilates, 30 minutos como poco. Luego 10 minutos de mindfulness, es decir, meditación. Te duchas, agua fría por supuesto, ya te da igual porque ni sientes ni padeces. Te vistes y al curro irás en bicicleta, naturalmente. Antes, eso sí, te tomas un té matcha, unos brotes de soja o avena, da igual, lo que sea. Si te decides por la avena, jamás con leche de vaca, tiene que ser de soja o de avena. Avena por un tubo. Así a lo tonto ya llevas medio pescao vendido.
Luego coges la bici y te vas al curro sonriendo y observando el mundo que te rodea, siendo consciente de todo lo que sucede a tu alrededor, estando presente en todas tus acciones y mirando siempre el lado bueno de las cosas.
Llegas al curro y en el ascensor haces quince sentadillas, porque eso eleva tus niveles de dopamina, según la Universidad de Massachusetts. Luego entras en tu oficina y saludas a todo el mundo, de nuevo con una sonrisa auténtica, porque eso eleva tus niveles de serotonina, según la Universidad de Wisconsin, y a darlo todo hasta la pausa del almuerzo.
Es importante que salgas a tomar el aire y a recibir el sol en tu cara para regular tus ritmos circadianos. Cuidado, porque aquí debes seleccionar muy bien con quién te juntas. Si decides compartir con tus colegas esos 10 minutos de descanso que te quedan en el parque de delante de tu oficina, mientras engulles tu ensalada de canónigos con quinoa a toda prisa porque el tiempo escasea, a toda costa tienes que evitar a las personas tóxicas y solo relacionarte con personas vitamina. Obviamente tú no eres una persona tóxica; eso son los demás. Nadie se autopercibe como persona tóxica: siempre son los demás. Y como tú eres una persona vitamina, no vas a tolerar que alguien tóxico joda tus planes. Una mierda vamos a practicar la compasión, la generosidad y la bondad con semejantes hijos de puta que solo hacen que elevarte el nivel de cortisol. Los niveles de cortisol siempre deben estar bajos, salvo que sea por estrés positivo. Así que lo de cultivar la paciencia lo reservamos para otros menesteres.
Se acaba la pausa y para arriba, a la oficina otra vez a darlo todo. Tú lo tienes claro, porque tienes un propósito en la vida, metas y objetivos que cumplir.
Una vez en tu cubículo, se te acerca la chica de recursos humanos, que nadie sabe lo que hace, pero que siempre te viene con paridas para que le rellenes encuestas de mierda que no le interesan a nadie. Tú, a lo tuyo: sonrisa, ternura y paciencia. Aquí sí toca practicar todo eso que antes hemos evitado, porque necesitamos el dinero. Porque el dinero, aunque no da la felicidad, paga las facturas y las penas con pan son menos.
De camino a casa te han cortado tu ruta habitual, porque hay obras. No pasa nada, porque tú tienes el control de la situación y cambias de ruta. Y pinchas una rueda. Pero como practicas la paciencia, al mal tiempo buena cara. Acabas el trayecto arrastrando la bici, lo que te va a provocar un poco de retraso en tu meticulosa y ajetreada rutina que cada domingo por la noche minuciosamente has planificado. Y has visualizado tanto la rutina como todos tus logros futuros que están por llegar. Porque lo vas a conseguir. Porque tú lo vales y porque hemos venido a este mundo a ser felices, y el sufrimiento es completamente evitable: es una cuestión de actitud.
Entonces tiras la bici en cualquier esquina; ahora te da por superarte. Aquí pensarás: “menuda idiotez”. Pero no, porque tú no tienes apego a las cosas materiales. Y te preguntas: ¿qué coño hago? Cambias de idea y la recoges, porque tú no tiras las cosas, les das una segunda vida y se la das a un indigente que pasaba por ahí y le dices que haga lo mismo con dos personas desconocidas. Él te pregunta: “¿El qué? ¿Regalar la bici?”. Y le explicas que no, que la bici es para él, que lo que tiene que hacer es regalar cualquier cosa a dos desconocidos. Parece que ha entendido tus deseos, porque ahora su lenguaje corporal se vuelve a relajar y ya no parece agresivo. Te dice que sí y se va por donde ha venido, arrastrando la bici. Y tú, contento, porque has iniciado una cadena de favores y eso te llena de dicha. Más tarde llegas a casa, cansado, pero sin estrés.
Entonces vas a hacer la compra, vuelves, recoges, limpias, cenas algo ligero y te duchas. Esta vez te va a apetecer más que nunca que sea con agua caliente, pero no, tú no cedes: otra vez fría de cojones. Acuérdate de lo de la zona de confort y el sistema inmune. Te metes en la cama, pero no para dormir. Ahora toca repasar el día mentalmente y agradeces a Dios y a la vida lo afortunado que eres. Meditas -perdón, mindfulness- otros 10 o 15 minutos y a leer.
Por fin coges un libro y lees algo, que es lo que te gusta, pero no tienes tiempo. Llevas el día entre el curro y la sarta de pavadas que tienes que hacer para ser feliz, así que lo poco que te queda de batería solo te da para dos páginas y te quedas frito. Pero feliz.
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