escribir por escribir

ESCRIBIR POR ESCRIBIR

Mario -II-

Lo mejor de mi trabajo son los viernes. Como soy el jefe de mi propia empresa, los viernes me doy un merecido homenaje. Me tomo una cerveza en alguna terraza y observo pasar a la gente. Y lo hago a eso de las 12:00 del mediodía. Me da más placer a esa hora. Me siento en la terraza como desafiante: ¡mirad lo que hago un viernes cualquiera! Es mi pequeña venganza contra el sistema. Me gusta engañarme de ese modo. Y como no bebo jamás, salvo excepciones, me regreso a la oficina paseando medio contento, con los reflejos mermados. Es increíble la eficacia del alcohol. Lo mejor de las drogas es no probarlas jamás. Así, cuando las pruebas, te hacen el efecto deseado. Antes de regresar a la oficina, eso sí, me paso por mi librería favorita y me compro algún libro, que quizá no acabe leyendo. Tengo que terminar con esa tradición.

Sin pensarlo entro en una cafetería y me siento, no es mi cafetería favorita, pero tienen dulces, lo que delata mi ansiedad.

Pero ahora ni la escapada de los viernes, ni los dulces me consuelan. Porque ando perdido. Porque me falta lo más importante. Lo peor de querer a alguien… es cuando termina. Y cuando termina queda un vacío enorme. Queda una inmensidad de nada. Una nada colosal, devastadora, cruel, de un tamaño absurdamente gigantesco. Una llanura inerte, desoladora e implacable en su infinita crueldad e indiferencia ante tu asombro por semejante desierto de tristeza e incomprensión. Y te rompes. Una suerte de quebranto interno, imposible de consolar. Te quiebras. Y lloras. Y no lo puedes remediar. Pero si quisiste de veras, es exactamente así.

Y tu cuerpo almacena toda esa experiencia de dolor inmenso para no volver a esa situación jamás. Sin embargo, lo que anhelas es volver a esa situación inicial, antes de que terminara, aunque sea con otra persona, llegas a pensar. Pero en ese momento, ni eso. En ese momento, bastante tienes con otear esa tundra de desolación que se abre ante ti y se impone gigantesca, intimidándote hasta hacerte sentir incapaz de digerir toda esa tonelada de aflicción. Y se abre una grieta enorme, y caes. Y apareces en otra explanada más bestia, de dimensiones grotescas, un solar de asolamiento, hasta donde te alcanza la vista. Y en medio te hallas, insignificante, como una lágrima que cae en la inmensidad del océano.

Luego te das cuenta de que en realidad no era ella, sino cómo ella te hacía sentir. Era lo que tú eras a su lado. Te echas de menos a ti mismo, para más inri, a tu yo del pasado, que lo tenía todo, que no comprendía, porque en ese momento era imposible pensar que todo empieza y todo tiene un final. Entonces caes en la cuenta de que eso es peor.

Después asimilas y sabes que nadie se ha muerto de eso. Con el tiempo, ya sabes que se te pasará. Le quitas importancia. Te ha pasado otras veces. El tiempo te ayudará a asimilar lo sucedido. Recuerdas por qué tomaste la decisión de terminar. Recuperas poco a poco tu dignidad. Recoges los pedazos rotos, pero sin tristeza. Como un camarero recoge un vaso hecho añicos que un cliente acaba de romper sin querer. Con la misma indiferencia. No hay culpables. Y sabes que tienes que mantenerte ocupado para rellenar el tiempo; es algo que hay que hacer. Luego recuperas la sonrisa. Y poco a poco te vuelves a ilusionar con otras cosas para llenar ese vacío. Y te repites que nadie se ha muerto de eso. Y le das gracias a la vida por haber vivido las cosas buenas que has vivido, con la última y con las anteriores personas que formaron parte de tu vida.

Pero eso son cosas que me digo. ¡Joder, Mario! ¿Por qué no aprendes? Bueno, seguiré con mi vida, pero con el corazón roto. Mi corazón es un jarrón pegado con SuperGlue. Se ven las cicatrices. Faltan pequeños trocitos. Pero sigue latiendo. Solo yo sé que está roto. Creo que los demás no lo saben, porque también me encargo de eso. Pero, después de todo, sigue latiendo. Puede que los demás también tengan el corazón reparado con SuperGlue. ¿Y si todos vivimos con el corazón recompuesto? Qué triste. Aun así, todos escondemos que tenemos el corazón remendado. Remiendo tras remiendo, salimos a vivir cada día con una sonrisa para esconder ese dolor. Trato de recordar eso y ser amable con todo el mundo, sobre todo con la gente que trabaja cara al público. Son las que más tienen que ser amables, aunque sea a la fuerza.

Entonces recuerdo que en japonés hay un nombre para el mal de amores, Takotsubo. Para definir cuando tu corazón se rompe, ya sea por una ruptura o por la pérdida de un ser querido. Es el síndrome del corazón roto. Es una insuficiencia cardiaca. Es el corazón que grita de dolor. Hay gente que se ha llegado a morir. Luego imagino que me muero de eso, de tristeza, y después encadeno ese pensamiento con la capacidad que tengo de almacenar datos absurdos. Sé que la nutria tiene una densidad capilar de más de 100.000 pelos por centímetro cuadrado. Sé que el guepardo puede llegar a correr hasta los 120 km/h y también que Thriller, de Michael Jackson, es el disco más vendido de la historia.

Justo en ese momento, mientras ando divagando, entra en la cafetería una mujer que más tarde sabré que se llama Marina.

—¿Está ocupada? —pregunta mientras señala la silla que tengo justo enfrente.

Ella sonríe y mira la mesa donde tenía pensado sentarse; acaban de apropiársela unos adolescentes que ahora la arrastran y la juntan con la suya.

—Sí, te estaba esperando, puedes sentarte —sonrío.

Ella se ríe, pero de verdad, de manera genuina, y se ruboriza al mismo tiempo. Eres bueno en eso, porque haces reír a la gente desde pequeño. Y por eso sabes que esa risa ha sido sincera. Y esa mezcla de risa y rubor la hace verse más guapa aún, más de lo que realmente es.

Pide un té con leche de avena.

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(1.027 palabras)