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ESCRIBIR POR ESCRIBIR

Las personas vienen y van -III-

—Es mejor que sea así. Por el bien de los dos.

—Las personas vienen y van —sentenció Marina—. Se levantó, se dio la vuelta y se marchó.

Y me quedé sentado en la mesa, solo, con los dos cafés a medio terminar. Y pensé en la frase. Y pensé tanto en esa frase, que es tan cierta, por otro lado.

¿Cuántas personas pasan por nuestra vida? Muchas, la verdad. ¿Y por qué se van? Esa es la parte peor. Que se van y les da igual. Cómo tienen esa capacidad de sacarte de sus vidas de un soplido. Supongo que todos lo hacemos. Supongo que tenemos una capacidad limitada de personas que caben en nuestras vidas y hay que hacer limpieza. Como el número de calcetines que te entran en una cómoda. Es limitado. Me refiero, obviamente, a personas que entran en nuestra vida, no a cualquiera. Familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, de deporte, de viajes, de actividades extraescolares. Los adultos también tenemos actividades extraescolares.

De pequeños, nos apuntan para que no demos por culo durante un rato y así damos un respiro a los niños grandes, que han decidido tener niños pequeños. De mayores, nos apuntamos nosotros mismos para dar por culo en otro sitio que no sea donde lo hacemos habitualmente. De esa manera, conocemos a otras personas que también pasarán por nuestra vida. Nos apuntamos a yoga, a pilates, a teatro, al gimnasio, a natación, a senderismo, a escultura, a cerámica, a dibujo, a la coral, a clases de piano, a macramé, a sexo tántrico y un largo etcétera. Esto sucede, dicho sea de paso, porque vivimos en la cara amable del mundo. Y nos sobran el tiempo y el dinero, tiempo y dinero que podemos invertir en ese tipo de menesteres. También lo hacemos porque a veces no sabemos qué hacer con nuestra vida y la rellenamos con clases de tiro con arco, por ejemplo.

¡Tiro con arco! ¡Joder, Mario! ¡Qué ciego has estado! Podrías apuntarte a tiro con arco. Tú y tu arco. Me imagino cómo tenso la cuerda, cómo paso la cuerda y la flecha cerca de mi antebrazo izquierdo, que está completamente estirado y firme. Y llevo la cuerda hasta que mi mano derecha toca mi mejilla. Y retengo unos segundos toda esa tensión, toda esa energía potencial. Cierro los ojos un instante, luego los abro y miro la diana. Y observo cómo la diana forma parte del todo, para poder apuntar al centro, porque mi maestro me ha enseñado que, si solo miro la diana, creo un todo, y si creo un todo, no apunto a nada. Después contengo la respiración, dejo la mente en blanco y ¡zas!

No, no me convence. Me acabo de apuntar y ya me he borrado.

Siempre estamos con lo mismo. La suerte que tienen algunas personas de encontrar su pasión. O un hobby, que les llene todo ese tiempo del que hablo. Creo que es lo mejor que le puede pasar a una persona en este mundo. Tener una pasión por algo, que le haga tener un rumbo. Si ya tienes un propósito de vida, pues mucho mejor. Jamás he tenido un propósito de vida. ¿Qué es eso de tener un propósito de vida? Creo firmemente que las personas que tienen un propósito de vida lo tienen porque son débiles de mente, ¿o qué les pasa? ¿Acaso no saben estar porque sí? No hay más. Llegas aquí y te lo comes, punto. Hay veces que basta con estar. Como cuando una amiga te llama y te cuenta que la acaban de echar del trabajo y está jodida. No tienes que ir a solucionar nada, basta con estar. Nada de propósitos. ¡Qué arrogantes, además! Tengo un propósito de vida es este, y lo van exhibiendo. Pues si tienes un propósito de vida, ¿por qué no te lo callas? ¿Acaso te he preguntado? Es como creer en Dios. «Creo en Dios». Vale, pues muy bien, felicidades. Yo también creo en una energía superior y no voy predicándolo por ahí. No, en serio, encima de que tienen un propósito de vida, lo van contando, e incluso van diciendo que, hasta que no encuentres el tuyo, de algún modo vivirás incompleto. Qué falta de respeto por el prójimo. Qué falta de humildad y qué falta de empatía. ¿Y de dónde han sacado semejante estupidez? Supongo que habla la envidia de no tener uno, mientras ellos están recontentos con el suyo. Por otro lado, se entiende. Son afortunados de tenerlo, normal que lo muestren orgullosos. Si yo tuviera un hijo, también estaría orgulloso de él. «¡Mirad, mi hijo! ¡Qué guapo es!», lo exhibiría. Será algo parecido. Para los que no tenemos hijos ni propósito, pues lo vemos así. Con todos mis respetos, pero es un coñazo soportarlo, aburrir a los demás con tus hijos y con tus propósitos. A veces me pasa esto, que me enfurruño yo solo, con nadie. Solo, delante de dos cafés solos. Bueno, uno era con leche de avena. Así le gustaba a ella. Y como siempre, no hay culpables.

Le deseo lo mejor, espero que me perdone y la perdono. Le guardo cero rencores y le deseo suerte. De todo lo que le puedes desear a alguien, lo mejor es desearle suerte.

El azar, el destino, está siempre presente en nuestras vidas. Casi todo es suerte en esta vida. Aunque nos guste pensar que es gracias a nuestro esfuerzo y a nuestra increíble identidad. Pues no, en absoluto es eso. Ni tu tesón, ni tu personalidad arrebatadora, ni tu mirada penetrante e irresistible. Qué va. Es primordialmente suerte. Todo lo que te ha pasado en esta vida es pura suerte. Casi todo. La variable más importante es la suerte.

Del mismo modo que yo tuve la suerte de conocerla aquella tarde. Que entró de casualidad porque había perdido su autobús. Que, de casualidad, tuvo que refugiarse en una cafetería. Y que no era su primera opción, puesto que en la que tenía pensado entrar estaba llena, y por eso entró justo en la de al lado. Donde yo me encontraba. Y al igual que ella, yo estaba de casualidad en aquella cafetería, que no es la que frecuento. Y entró en el momento preciso, cuando solo quedaban una mesa sin silla y una silla vacía en mi mesa. Y en ese preciso instante robaron la mesa de al lado, y la mía era la única con silla disponible. Sillas vacías, mesas llenas, mesas robadas, sitios llenos, sitios vacíos. Es realmente mucho ruido, muchas variables, mucha casualidad. Es sencillamente suerte.

Soy consciente de la suerte que tuve y le doy gracias a la vida (mi dios particular) por haber podido disfrutar una porción de mi existencia en este planeta con ella. La de los calcetines de cada color. La que tarda en aprontarse. La que se hace un café y se lo lleva a la ducha. La que devora libros y lee a una velocidad vertiginosa. La que nunca se quiere ir de los sitios. La que se arregla las uñas cuando se acuerda. A la que no se le pueden tocar los pies. Cuando conoces a una persona, conoces los detalles más secretos. Conoces sus miedos y sus deseos. Conoces los recovecos más recónditos de su alma. Y te conviertes en la única persona que sabe ese tipo de cosas, y viceversa. Esa intimidad, si lo piensas, es abrumadora. Hay que ir con cuidado con cuánta intimidad cedes y a quién se la cedes. Porque, al final, cuanto más das, más puro y auténtico es, pero… más duele si se termina. Y en mi caso siempre termina. Porque las personas vienen y van.

Dejo de jugar con la cuchara de café, me levanto y me voy en dirección opuesta a la que ella se fue. Nuestros caminos se separan y le deseo toda la suerte del mundo.

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